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A MI HIJA ADOLESCENTE

A MI HIJA ADOLESCENTE

Estás en el umbral de tu vuelo. No importa si aún no tienes un destino. No importa si tus sueños siguen dormidos en esa niñez que se niega a partir. Llegará tu tiempo. La vida irá llenando esos vacíos que anidan en tu pecho.
Hoy tus brazos, como inquietas y frágiles alas, te visten de hada. Y saldrás vestida de primavera para vestir nuestros ojos de nostalgia.
Queremos que decidas por vos. Que el futuro te llegue despacio, sin prisa, sin pausa, pero que sea tu futuro… y si te equivocas, no importa, volverás a empezar. Vive a tu manera y sobre todo busca la felicidad.
No te desesperes por partir y dejar el nido vacío. Aquí estará siempre tu “guarida”, tu “covacha”, más allá de tu libertad, de tu independencia.
Lógicamente cuando te vayas, cerraremos una etapa en nuestras vidas. Siempre cuesta el desarraigo. De igual modo seguirás aquí, en tus banderas, en tus adornos, en tus peluches, en tus dibujos, ese que siempre vamos a llevar como estandarte de tu cariño, un concierto de palotes garabateados en un hoja  rayada y esa frase al pie de la obra: “Eres el mejor papá del mundo y nunca te olvidaré”

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el banderín amarillo

La imagen del polaquito viene a mi memoria como un bálsamo. Hace tiempo que no sé nada de él.
Te recuerdo, querido amigo, y por un momento logro olvidar donde estoy. Tu imagen  se materializa en mis retinas como una nube fugaz que viste de algodón el tenue cielo de mediodía. ¿Por qué estoy  en esta trinchera cavada en el corazón herido de la tierra?. No lo sé.  Sostengo un fusil  entre mis manos temblorosas. He gastado varios cargadores, tratando de herir el aire.
Me acurruco en esa cavidad lóbrega  que me protege y dejo aflorar los recuerdos. Me transporto a mi niñez no tan lejana. La figura del polaquito me dibuja una sonrisa. Lo conocí una soleada mañana de primavera. Los dos cursábamos el 7º año escolar. Él, en una escuela del sur de la provincia de Buenos Aires y yo, en una del Oeste, cerca del límite con La Pampa. 
El gobierno provincial había organizado un torneo de futbol que agrupaba a colegios carenciados, de bajos recursos o de alto riesgo.
Toda la provincia reunida en la ciudad del polaquito. Eran más de 25 institutos, cada uno representado por un equipo. El del polaquito se llamaba “Cruz del Sur”, el nuestro, Centro Oeste.
A pesar de que los compañeros del polaquito no eran muy avezados con el balón, él hacia gala de una destreza y  rapidez poco  común para un niño de su edad. Pero, solo, sin cómplices que entendieran la esencia de este juego, poco duraría su ilusión y su bloque quedaría fuera en la  primera ronda.
Nuestros jugadores eran todos muy parejos en cuanto a aptitudes para el juego, sin gran técnica pero con mucha garra y sacrificio. Ni siquiera habíamos completado el cupo mínimo. Por esa razón llevábamos a una mujer en la delantera. Y a  pesar de que era  la goleadora del plantel poco duró en nuestra agrupación ya que conoció a una chica de otra congregación durante el campeonato y prefirió entablar amistad con ella a seguir jugando para nuestro colegio. Y para colmo habíamos pasado a la siguiente etapa.
Entonces se nos ocurrió una idea, anotar al polaquito para nuestro equipo, ya que él estaba afuera y merecía por su maestría otra oportunidad.  El organizador permitió que se hiciera el cambio ya que sostenía que lo más importante era que todos compartiéramos un par de días de esparcimiento y camaradería.
Con el polaquito en nuestro bando todo se simplificó. El jugaba y el resto de nuestro  bloque defendía. Nosotros hacíamos el juego pesado y el dibujaba con sus piernas prodigiosas.  Firuletes y cabriolas por doquier y adentro (gol), a veces nos dejaba bien ubicados a nosotros para que cualquiera  pudiera embocarla.
Y salimos campeones. Nuestra institución recibió un set completo de pintura  para rejuvenecer toda la escuela, más varias colecciones enciclopédicas y un par de computadoras. La directora decidió donar parte de la bibliografía y una computadora al colegio del polaquito. Fue un gesto maravilloso de su parte que hermanó a ambos establecimientos.
Con el polaquito entablamos una amistad que transcendió el torneo. Nos mantuvimos en contacto a través de cartas graciosas y extensas que nos enviábamos cada tanto. Un par de veces viajé a su ciudad a visitarlo y me quedé en su casa varios días. Su pueblo tranquilo y nostálgico retenía el mar azul de la bahía dibujando una postal que enamoraba al transeúnte.
Jamás voy a olvidar el sobrenombre que le pusimos  al polaquito. Cuando hubo que darle la casaca de nuestro equipo, la única que permanecía libre era la más grande y a él no le quedó otra opción que tomarla. Le sobraba tela por todos lados. La remera le caía hacia las rodillas asemejando a una larga pollera. Los hombros resbalaban por sus brazos hasta quedar en los  codos punzantes y a pesar de ser de mangas cortas, las mismas le terminaban en las muñecas delgadas y rosadas. Causaba gracia verlo correr mientras su camisa flameaba al viento como una bandera. Gracia que se trastocaba en admiración cuando  sus piernas delgadas inventaban malabares con el balón. La blusa era amarilla, cruzaba  los hombros un grueso y llamativo vivo verde.  Ondeaba en el cuerpo del polaquito como una banderola, como un banderín, un banderín amarillo, así le pusimos luego al polaquito: el banderín amarillo.
El tiempo y la adultez nos fueron alejando. Las cartas se hicieron cada vez más espaciadas. Las primeras aventuras amorosas y los desengaños dieron lugar a otros intereses y la distancia abrió un abismo en nuestra amistad.
Y aquí estoy yo, oteando este horizonte de tierra y tristeza, recordando una parte de mi niñez, esperando.
Los recuerdos no me permitieron ver llegar al hombre, al soldado. Su cuerpo tapó el sol del mediodía y disfrazó de sombra mi cueva. Por instinto intenté tomar mi fusil.
-No lo hagas- dijo titubeando él - y  pude ver entre sus brazos otro rifle, extendido hacia mi, amenazante. Comprendí que era tarde. Tarde para reaccionar. Tarde para luchar. Dejé caer mis brazos resignado.
Él bajó su arma confiado y se acercó; también era una víctima. Se sentó a mi lado. Me tendió su mano. Hablamos de esta locura sin sentido. De la necesidad de parar este infierno de fuego. Yo le conté de mi compañía  que ni sabía  qué número,  ni qué nombre tenía y él me habló de la suya, de sus compañeros. De repente  se desprendió la chaqueta y extrajo de entre sus ropas desalineadas  un atado estrujado de cigarrillos. Fue entonces cuando vi su casaca. Era amarilla con vivos verdes sobre los hombros.
Me miró con atención y yo  contesté su mirada, como si nuestros ojos hablaran en susurros.
Parecíamos dos niños esperando recibir una noticia mágica. Era él, para mí. Era yo, para él. Ahí estábamos los dos, el polaquito y su remera, yo y mis recuerdos. Nos fundimos en un largo y fuerte abrazo. Por un instante logramos olvidarnos  de la trinchera. Yo miraba la camiseta asombrado.
- Sí…es la del equipo- dijo – La uso de amuleto- agregó   y volvimos a abrazarnos empachados de felicidad. 
Pero fue un mísero intervalo de placidez. Una voz firme y áspera tronó en el cálido mediodía. Una orden lacónica y fulgurante  nos quitó del ensueño en el que nos habíamos sumergido.
-Dejalo- se escuchó  gritar con tono bronco. El polaquito y yo nos separamos.
Una explosión quebró la tenue calma que habíamos inventado. Vislumbré de soslayo un fogonazo. Escuché al polaco clamar algo.  Un ardor lacerante atravesó  mi pecho. Caí hacia atrás impulsado por el destello.. Todo comenzó a girar en mi mente. El cielo pareció incrustarse en mis retinas. Vi el  cuerpo del polaquito desencajado por los perdigones caer dentro de la fosa. Más explosiones y centelleos pincelaron de muerte el tenebroso paisaje. El fuego cruzado no reconoce víctimas ni victimarios. Algunas corridas. Voces. Gritos. Lejos. Cada vez más lejos. Después, el silencio. Imagino que la muerte debe ser como el silencio, sosegada, apacible, intangible.
Entre dormido, como si estuviera experimentando  un sueño, veo erguirse al polaquito, aún deshilachado por los disparos se mueve con llamativa agilidad. Si no lo hubiese visto caer diría que  no tiene ninguna herida. Se quita la chamarra y luego la casaca amarilla. Con premura me levanta y no sin esfuerzo logra colocarme la camisa… y de repente despierto. Ya no hay dolor, ni cansancio, ni sueño. El cielo celeste se refleja en las pupilas encendidas del muchacho. ¡¡¡Estoy vivo!!!. Se escuchan algunos estampidos a lo lejos, como si pertenecieran a otra historia.
-¿Qué pasó?- pregunto mientras busco debajo de la casaca, en mi pecho y en mi espalda la lesión. Sólo toco la chaquetilla empapada de sangre. Mi cuerpo delgado y tembloroso late sin un rasguño. - ¿Qué pasó?- vuelvo a cuestionar. Él me pide la casaca amarilla. Se la pone sin apuro y con una delicadeza extrema, que habla claramente de su cariño  por ese trapo. No contesta, simplemente me abraza. Lloramos o soy yo el que solloza y me parece que él también…
Luego tranquilamente, como dos niños que han recuperado un pedazo de sus vidas, salimos de la fosa y nos vamos caminando abrazados. Ya casi no se escuchan explosiones. La camisola amarilla flamea en el cuerpo del polaquito como un gracioso banderín amarillo, irradia una luz propia, potente pero suave, cálida, milagrosa…a veces se debe creer en la magia… a veces quisiera creer en otra vida.

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A MI PELUCHE DE 15 AÑOS

Aún conservo algunos de tus dibujos. Los que hacías en el cole y los otros, los míos. Aquellos que creabas especialmente para mí, con exclusividad y mucha ternura. Garabatos coloridos. Graciosos monigotes que me obsequiabas orgullosa, con la sonrisa a flor de labios y los ojitos brillantes como  dos luceros.

“Virgen sobre el tejado”, “Jhonn Lennon”, “delfín”, son algunos de los nombres que elegimos para tus creaciones, tan poéticas, tan logradas, tan mías…Retazos de tu talento artístico y de tu amor por papá…hoy los guardo como preciado tesoro. Tal vez  mañana cuando yo no camine los senderos de la vida, vos los veas nuevamente y me traigas a tu memoria, tal vez mañana alguien los deseche…

Maravillas de tus manitos de doncella, de tu imaginación fecunda. Descansan en un cajón de mi escritorio. Algunas noches, cuando ya el silencio se ha adueñado de la casa y me embarga la tristeza y la desesperación, voy hacia el arcón de esos recuerdos y los dejo escapar.

Abro los cajones y salen de allí todos tus trazos, toda tu esencia. Cobran vida tus dibujos, tus monigotes, tus delfines, tus caballos, tus pájaros. Son como muñequitos de peluche que me rodean, se suben a mis hombros, se encaraman en mi angustia, me acarician con sus manitos de seda; siento en ellos toda tu inocencia, todo tu cariño…el océano de tu  alma vive allí, son como luces multicolores que vencen la semipenumbra de la habitación. Tus dibujos me pertenecen, como así también tu infancia, tus trazos, tus colores, tus frases, sobre todo esa máxima que me regalabas junto con tus monigotes. “eres el mejor papá del mundo y nunca te olvidaré”.

Guardo los dibujos, los peluches se descuelgan de mis hombros, vuelven al escritorio. Una lágrima cae sobre el papel. Apago la nostalgia. Me voy a dormir, algún dibujo travieso se queda prendido a mi pecho…

 

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a mi madre en sus 80 años




Hubiese deseado asimilar mejor tus enseñanzas. (Aún hoy  quisiera ser mejor hijo). Tu vida es un compendio de consejos. Enseñas a vivir. Confieso que he sido un mal alumno y a pesar de todo estás orgullosa de mí y de todos tus hijos. Siempre creíste en nosotros y jamás dejarás de creer. Sé que eres única y sin embargo aún no puedo decirte todo lo que significas para mí y todo lo que me dejas.

Me encanta buscar tu mirada en las reuniones. Nos buscamos mutuamente. Es un código. Es una desconexión para conectarnos.

     Algunos se ríen de mi manera de dirigirme a ella: ¡Doña Juana!. Pero no es formal, es cariñoso, respetuoso, aunque sin formalismo, es otro código. Siempre será “mi vieja”, mi “doña Juana”. La que me llama todos los días para saber cómo estoy o espera ansiosa mi comunicación.

La que recuerda cada fecha de  cumpleaños y cada acontecimiento importante que ha marcado nuestras vidas. La que me inculcó que la verdadera caridad no es dar lo que  sobra si no lo que tenemos y nos hace falta. Una gran mujer, valiente, comprometida, tierna. Una piedra inquebrantable donde pude sostener mi crecimiento.

Viejita, me conformo con ser el diez por ciento de lo que vos sos. Te quiero mucho.

 

 

 

A  mi vieja le vinieron muchos golpes encima y los peores le cayeron en su madurez. Se fue bebiendo el dolor casi sin darse cuenta. La vida que ella fue construyendo se la fue robando la muerte con feroz impunidad. Yo siento que tiene el corazón dolido y que arrastra los pesares con tozuda entereza pero tanto dolor no ha podido minar su gallardía.

Sé que el tiempo me la está robando y no puedo detener su marcha. Quisiera tenerla por siempre a mi lado, aunque a veces el olvido me enreda en su terrible tela de araña y me disfraza de rutina. La quiero por siempre junto a mí y no solo en un retrato  pegado en el muro de la nostalgia, no, ya son muchos los recuerdos que cargo en mi espalda.

Para ella sigo siendo  su “hijito”, el “danielito” de siempre, aquél al que cuida y da consejos.  Aún no logro darme cuenta de lo importante que es en mi vida. Sigo gastando la vida sin darle mi tiempo. Debo vencer la rutina.

Hoy mamá se ha vuelto más sensible. Su bondad se ha agigantado y aunque la vida haya profanado la mayoría de sus ilusiones sigue cargando en su mochila los sueños y la esperanza. Su caminar pausado, sus pasos lentos y medidos, no han podido mellar la robustez de su porte de gladiadora. El fuego de la vitalidad  anida aún en sus ojitos tristes, en su sonrisa franca. Añora el pasado, extraña a mi padre, el amor de su vida; extraña todos los pedazos de sueños que  han quedado en el  camino. Su futuro es el presente y mi presente es esta deuda de amor que tengo  y que no podré cancelar, si no me despojo de la cordura y la rutina. Sin embargo algo en mí me dice que no todo está perdido, porque ella sabe que en cierto modo es la fuerza que  necesito para caminar la vida. Sabe a su manera que la amo con el corazón y con el alma.  

 

Siempre fue una luchadora y una gran cocinera. Quién no recuerda sus clásicas empanadas criollas, las que vendíamos  a los trabajadores que colocaban los rieles en el antiguo provincial. Sus insuperables pasteles de dulce de membrillo, mi debilidad. Las clásicas tortas fritas de mediatarde. El mate. La pastaflora. Una lista larga e interminable que sus prodigiosas manos nos entregaban como preciadas delicias. Hoy María ha heredado parte de la bondad de doña Juana.

Mamá aún  conserva esas maravillosas manos, hoy mas rugosas y lentas, pero igual de portentosas y hábiles.  Algunos de sus platos predilectos quedaron en el recuerdo, en nuestra infancia, en nuestros sueños.

Mamá hoy prefiere sentarse en el banco dorado de flores del jardín y mirar pasar el día entre trinos de canarios y caricias de gatos. Compartir una mediatarde de mate con sus hijos, un almuerzo sencillo, un atardecer tranquilo. El crepúsculo púrpura la viste de nostalgia.

Confieso que le he dado muy poco a cambio de toda la vida que ella me ha regalado y es, ni más ni menos, "eso" lo que mi madre me ha entregado, "su vida", ¿Cómo agradecer semejante regalo?.

Dura como el roble jamás se ha doblegado. Su cuerpo ha ido absorbiendo todo el dolor que el tiempo le ha infringido. Su fe la mantiene en pie. Esa fe que yo no puedo tener porque no poseo  ni su entereza ni su pasión.

Hoy transita los 80 años de vida. Su cabello platinado evidencia el paso de la vida. Sus ojos claros tienen un halo de tristeza por los seres que  ya son recuerdos y que alguna vez llenaron nuestro espacio. Dios ha encorvado su espalda,  ha logrado detener su andar firme y seguro. Dios se ha arrogado el derecho de cargar sobre la espalda de mi madre mucho dolor y es el error más imperdonable que podría haber cometido. Omnipotente y altanero poco a poco va abusando de su enorme poder.

Pero mi madre es única, es imbatible, es el amor y la piedad hecha mujer y eso Dios jamás podrá igualarlo.

Siempre voy a recordar el sabor a mediodía de nuestra casa. Mi madre detrás del delantal azul. La mesa servida. El pan fresco. El sifón y la botella de vino. El sol recostándose sobre la pared del frente. La cortina de tela zurcida a mano. La olla humeante sobre la hornalla de la cocina ya desvencijada. Hace años que dejé el nido, pero sigo diciendo “mi casa”. Como si estuviera unido a su vientre por un cordón imaginario. Y aunque los continuos cambios han diferenciado su fachada, aún sigue emanando de sus cimientos ese aroma a mediodía que me embriaga. Tiene parte de mi piel y de mi alma en sus bloques derruidos y emparchados, una y otra vez. Tal vez es su entorno, su barriada, o el hecho de que mi madre sigue allí, en su fachada, en sus pisos transidos de historias. Tal vez sea mi madre la que me ata a la casa.

Es extraño pero no puedo recordar el color de los ojos de mamá. Recuerdo su pelo castaño y su sonrisa franca, que aún conserva, pero no el color de sus ojos, hoy cubiertos por gruesos cristales, enmarcados en esas eternas gafas de carey. Cae sobre su rostro como inquieta enredadera una franja color ceniza, su cabello platinado como las mañanas de invierno. Me entristece no recordar el color de sus ojos pero si sentir en mi piel el dolor de su mirada. Esa mirada que me guía como un faro interminable.

 A mi madre le debo todo lo que soy y no es sólo una frase hecha, es la verdad absoluta. Sin ella no tengo rumbo, ni sueños, ni esperanzas en las mañanas grises de otoño. La parte buena de mí es ella, es su sangre. Su herencia me motiva. Los años me devuelven el silencio de su llanto, ella se ha olvidado de llorar o lo reserva para la soledad de su habitación. La miro y veo la imagen de la pureza. Quisiera volver a ser niño y regresar a casa de la escuela para sentir nuevamente ese inconfundible aroma a mediodía que mamá me regalaba.

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A MI PELUCHE DE 15 AÑOS. II

No querés festejar tus quince años con la tradicional fiesta. Preferís un obsequio de gran porte y un simple agasajo con tus amigos, aquellos que siempre han estado a tu lado. Por supuesto que mamá, algo desilusionada, ha aceptado tus deseos. Ella Desde tus primeros pasos te imaginó con el vestido blanco, tu carita redonda, tus ojitos oscuros, entrando por el portal de los sueños, tomada de mi brazo, recibiendo loas y besos por doquier.

Eres una estrella con brillo propio y el brocal de la noche te rinde honores. Hace tiempo que dejaste el pudor descansar detrás de tus ojos y eres independiente hasta el asombro. Tu rebeldía es una flor que crece como vos y no alcanzan mis manos para tenerte ni mis labios para callarte. Vas armando tu mundo, ese que se distancia del mío. A veces charlamos animadamente y eso

despeja las sombras de mis pupilas, te siento tan pequeña detrás de tus cuestionamientos; hablamos sobre la vida, el amor, la música. Dialogar

contigo es atrapar la brisa suave de primavera, es alcanzar los sueños que alguna vez tuvimos y que hoy descansan olvidados. Deja de lado algunos de mis reproches y toma sólo aquellos que pueden servirte de consejos, ten en cuenta que a veces me excedo en deseos de protegerte y divago temeroso. Quisiera ser tu excusa para ser feliz, pero soy simplemente tu padre. Te agradezco por lo vivido… te quiero.

 

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negro

PARA KEVIN CABRETON DE PAPI Y MAMI

Negro; nos encantaría decirte tantas cosas maravillosas.

Pintarte un universo distinto, lleno de sueños realizables, de alegrías constantes, de dulces encuentros.

Pero no es así, es éste el mundo que te ofrecemos, uno de esfuerzo, de lucha, de diferencias, de sinsabores y de sacrificio. Pero es un mundo maravilloso si vos estás en él, si lo enfrentamos y lo dominamos juntos, si lo compartimos y lo abrazamos.

Estás en el final de una etapa idealista y soñadora.  Fuiste desde el principio un ejemplo de conducta y de humildad.

Tenés una responsabilidad que asombra y una sensibilidad que sólo poseen los que miran con el corazón y vos sos el dueño de  un corazón tan grande como el infinito.

Pronto, en el tiempo, luego de los festejos y los abrazos, en tu cuarto quedará un vacío de piel que nos resultará extraño. Cuando llevemos el desayuno a la pieza más de una vez tendremos que refregarnos los ojos y convencernos de que ahora no son dos tazas, sino una , y en el lecho vacío, que antes llenaban tus sueños, sólo veremos “eso” un vacío de ausencia, vos estarás buscando tu puerto. Estarás desplegando tus alas tratando de forjarte un horizonte en el cual se asienten tus ilusiones, un horizonte en el que papi y mami dejarán de ser el centro para transformarse en los cimientos de tu futuro.

Confieso (yo, papi):  tengo miedo. Me encantaría que te quedaras y que desde nuestro nido trataras de armar el tuyo, pero vos necesitás espacio para que tus alas puedan volar libremente, necesitas cielo y tierra, necesitás chocar y caer y levantarte… solo.

Aunque sabés, muy dentro tuyo, allí donde tu pecho se hace ternura, que jamás estarás solo,  aquí tendrás a este “viejo” que pondrá su hombro para que vos puedas apoyarte.

Siempre serás mi negrito y el negrito de mamá. “Ese” que me acompañaba a todos lados,  que me ayudaba en las tareas de la casa, que me esperaba ansioso cada noche ilusionado con alguna golosina, que se ocultaba en los árboles de la plaza jugando a la escondida, el que  pedía que me quedara siempre a su lado

Algo está empañando mis ojos cansados, no es la vejez, es una lágrima  caprichosa que se empecina en caer…perdoná si soy algo sentimental… Te voy a extrañar…

 Los domingos cuando esté solo vociferando por River, me va a    faltar tu vos, tu aliento. No va a ser lo mismo mirar al millo sin tus ojos, sin tus reflexiones, sin tus gritos (venite, haceme la gauchada)… Nos va a costar acostumbrarnos a no verte, a sólo llamarte, a sentir tu voz a través del teléfono o ver tus ocurrencias en un mail… para nosotros nunca vas a dejar de ser nuestro “chiquito”…TE QUEREMOS        papi y mami

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