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narrativa

a mi madre en sus 80 años
A MI PELUCHE DE 15 AÑOS
A MI PELUCHE DE 15 AÑOS. II

a mi madre en sus 80 años




Hubiese deseado asimilar mejor tus enseñanzas. (Aún hoy  quisiera ser mejor hijo). Tu vida es un compendio de consejos. Enseñas a vivir. Confieso que he sido un mal alumno y a pesar de todo estás orgullosa de mí y de todos tus hijos. Siempre creíste en nosotros y jamás dejarás de creer. Sé que eres única y sin embargo aún no puedo decirte todo lo que significas para mí y todo lo que me dejas.

Me encanta buscar tu mirada en las reuniones. Nos buscamos mutuamente. Es un código. Es una desconexión para conectarnos.

     Algunos se ríen de mi manera de dirigirme a ella: ¡Doña Juana!. Pero no es formal, es cariñoso, respetuoso, aunque sin formalismo, es otro código. Siempre será “mi vieja”, mi “doña Juana”. La que me llama todos los días para saber cómo estoy o espera ansiosa mi comunicación.

La que recuerda cada fecha de  cumpleaños y cada acontecimiento importante que ha marcado nuestras vidas. La que me inculcó que la verdadera caridad no es dar lo que  sobra si no lo que tenemos y nos hace falta. Una gran mujer, valiente, comprometida, tierna. Una piedra inquebrantable donde pude sostener mi crecimiento.

Viejita, me conformo con ser el diez por ciento de lo que vos sos. Te quiero mucho.

 

 

 

A  mi vieja le vinieron muchos golpes encima y los peores le cayeron en su madurez. Se fue bebiendo el dolor casi sin darse cuenta. La vida que ella fue construyendo se la fue robando la muerte con feroz impunidad. Yo siento que tiene el corazón dolido y que arrastra los pesares con tozuda entereza pero tanto dolor no ha podido minar su gallardía.

Sé que el tiempo me la está robando y no puedo detener su marcha. Quisiera tenerla por siempre a mi lado, aunque a veces el olvido me enreda en su terrible tela de araña y me disfraza de rutina. La quiero por siempre junto a mí y no solo en un retrato  pegado en el muro de la nostalgia, no, ya son muchos los recuerdos que cargo en mi espalda.

Para ella sigo siendo  su “hijito”, el “danielito” de siempre, aquél al que cuida y da consejos.  Aún no logro darme cuenta de lo importante que es en mi vida. Sigo gastando la vida sin darle mi tiempo. Debo vencer la rutina.

Hoy mamá se ha vuelto más sensible. Su bondad se ha agigantado y aunque la vida haya profanado la mayoría de sus ilusiones sigue cargando en su mochila los sueños y la esperanza. Su caminar pausado, sus pasos lentos y medidos, no han podido mellar la robustez de su porte de gladiadora. El fuego de la vitalidad  anida aún en sus ojitos tristes, en su sonrisa franca. Añora el pasado, extraña a mi padre, el amor de su vida; extraña todos los pedazos de sueños que  han quedado en el  camino. Su futuro es el presente y mi presente es esta deuda de amor que tengo  y que no podré cancelar, si no me despojo de la cordura y la rutina. Sin embargo algo en mí me dice que no todo está perdido, porque ella sabe que en cierto modo es la fuerza que  necesito para caminar la vida. Sabe a su manera que la amo con el corazón y con el alma.  

 

Siempre fue una luchadora y una gran cocinera. Quién no recuerda sus clásicas empanadas criollas, las que vendíamos  a los trabajadores que colocaban los rieles en el antiguo provincial. Sus insuperables pasteles de dulce de membrillo, mi debilidad. Las clásicas tortas fritas de mediatarde. El mate. La pastaflora. Una lista larga e interminable que sus prodigiosas manos nos entregaban como preciadas delicias. Hoy María ha heredado parte de la bondad de doña Juana.

Mamá aún  conserva esas maravillosas manos, hoy mas rugosas y lentas, pero igual de portentosas y hábiles.  Algunos de sus platos predilectos quedaron en el recuerdo, en nuestra infancia, en nuestros sueños.

Mamá hoy prefiere sentarse en el banco dorado de flores del jardín y mirar pasar el día entre trinos de canarios y caricias de gatos. Compartir una mediatarde de mate con sus hijos, un almuerzo sencillo, un atardecer tranquilo. El crepúsculo púrpura la viste de nostalgia.

Confieso que le he dado muy poco a cambio de toda la vida que ella me ha regalado y es, ni más ni menos, "eso" lo que mi madre me ha entregado, "su vida", ¿Cómo agradecer semejante regalo?.

Dura como el roble jamás se ha doblegado. Su cuerpo ha ido absorbiendo todo el dolor que el tiempo le ha infringido. Su fe la mantiene en pie. Esa fe que yo no puedo tener porque no poseo  ni su entereza ni su pasión.

Hoy transita los 80 años de vida. Su cabello platinado evidencia el paso de la vida. Sus ojos claros tienen un halo de tristeza por los seres que  ya son recuerdos y que alguna vez llenaron nuestro espacio. Dios ha encorvado su espalda,  ha logrado detener su andar firme y seguro. Dios se ha arrogado el derecho de cargar sobre la espalda de mi madre mucho dolor y es el error más imperdonable que podría haber cometido. Omnipotente y altanero poco a poco va abusando de su enorme poder.

Pero mi madre es única, es imbatible, es el amor y la piedad hecha mujer y eso Dios jamás podrá igualarlo.

Siempre voy a recordar el sabor a mediodía de nuestra casa. Mi madre detrás del delantal azul. La mesa servida. El pan fresco. El sifón y la botella de vino. El sol recostándose sobre la pared del frente. La cortina de tela zurcida a mano. La olla humeante sobre la hornalla de la cocina ya desvencijada. Hace años que dejé el nido, pero sigo diciendo “mi casa”. Como si estuviera unido a su vientre por un cordón imaginario. Y aunque los continuos cambios han diferenciado su fachada, aún sigue emanando de sus cimientos ese aroma a mediodía que me embriaga. Tiene parte de mi piel y de mi alma en sus bloques derruidos y emparchados, una y otra vez. Tal vez es su entorno, su barriada, o el hecho de que mi madre sigue allí, en su fachada, en sus pisos transidos de historias. Tal vez sea mi madre la que me ata a la casa.

Es extraño pero no puedo recordar el color de los ojos de mamá. Recuerdo su pelo castaño y su sonrisa franca, que aún conserva, pero no el color de sus ojos, hoy cubiertos por gruesos cristales, enmarcados en esas eternas gafas de carey. Cae sobre su rostro como inquieta enredadera una franja color ceniza, su cabello platinado como las mañanas de invierno. Me entristece no recordar el color de sus ojos pero si sentir en mi piel el dolor de su mirada. Esa mirada que me guía como un faro interminable.

 A mi madre le debo todo lo que soy y no es sólo una frase hecha, es la verdad absoluta. Sin ella no tengo rumbo, ni sueños, ni esperanzas en las mañanas grises de otoño. La parte buena de mí es ella, es su sangre. Su herencia me motiva. Los años me devuelven el silencio de su llanto, ella se ha olvidado de llorar o lo reserva para la soledad de su habitación. La miro y veo la imagen de la pureza. Quisiera volver a ser niño y regresar a casa de la escuela para sentir nuevamente ese inconfundible aroma a mediodía que mamá me regalaba.


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